Editorial

Editorial Alberto Capella: Cuando la frivolidad gobierna

La frivolidad en el ejercicio público no es un asunto menor. Cuando quienes gobiernan sustituyen la seriedad por la ocurrencia, la responsabilidad por la imagen y el trabajo institucional por la propaganda, el resultado termina afectando directamente a la ciudadanía.

Gobernar no puede reducirse a discursos, fotografías, mensajes cuidadosamente editados o apariciones públicas diseñadas para generar aplausos. La función pública exige resultados, planeación, sensibilidad y capacidad para atender los problemas reales que enfrentan las familias todos los días.

El riesgo de la frivolidad es que convierte los asuntos de gobierno en espectáculo. Mientras la ciudadanía demanda seguridad, servicios, estabilidad económica, justicia y respuestas claras, algunos actores políticos parecen más preocupados por cuidar su narrativa que por resolver el fondo de los problemas.

Esa desconexión entre autoridad y realidad social termina generando desgaste, enojo y desconfianza. La gente no espera gobiernos perfectos, pero sí espera gobiernos serios, capaces de reconocer errores, corregir decisiones y asumir con madurez el peso de sus responsabilidades.

Cuando la frivolidad gobierna, las prioridades se invierten. Lo urgente se posterga, lo importante se maquilla y lo grave se intenta minimizar con mensajes optimistas que no alcanzan para ocultar la realidad. La política deja de ser una herramienta de servicio y se convierte en una vitrina personal.

El problema no está únicamente en la forma, sino en las consecuencias. Un gobierno frívolo puede ignorar alertas, subestimar crisis y perder tiempo valioso mientras la ciudadanía carga con los costos de la improvisación.

La vida pública requiere carácter, preparación y sentido de responsabilidad. Gobernar implica tomar decisiones difíciles, escuchar críticas, rendir cuentas y entender que el poder no se ejerce para entretener, sino para servir.

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Por eso, frente a la frivolidad, la exigencia ciudadana debe ser clara: menos espectáculo y más resultados; menos propaganda y más gobierno; menos simulación y más responsabilidad pública.

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