La deportación de mujeres que habían construido durante años una vida en Estados Unidos provocó nuevas separaciones familiares en la frontera de Tijuana, donde madres comenzaron a llegar solas a los albergues mientras sus hijos permanecieron del lado estadounidense.
Entre esos casos estuvo el de Dina Ramos, de 42 años, quien relató que había vivido durante 22 años en Estados Unidos antes de ser deportada a México. Sus seis hijos, todos nacidos en territorio estadounidense, permanecieron allá junto a su familia mientras ella enfrentó desde Tijuana una maternidad marcada por la distancia.
Ramos explicó que sus hijos tenían entre 3 y 23 años y reconoció que la separación resultó especialmente difícil por la corta edad del menor. Su principal objetivo se convirtió en encontrar la manera de reunirse nuevamente con ellos, mientras mantuvo el contacto y trató de continuar presente en su formación pese a encontrarse en otro país.
“Que paren todo esto, que traten de ser justos, de usar la justicia. No todos estamos allá haciendo cosas malas, estamos tratando de sacar adelante a nuestra familia”, expresó Ramos al describir el impacto que tuvo su deportación.
La situación también comenzó a reflejarse en los albergues destinados a mujeres migrantes en Tijuana. La hermana Vitalina, directora de Casa de la Madre Asunta, señaló que recibieron casos de mujeres que habían permanecido durante décadas en Estados Unidos y fueron separadas de sus hijos después de ser deportadas.
La religiosa explicó que uno de los casos recientes correspondió precisamente a una mujer que había vivido 22 años en Estados Unidos y dejó a seis hijos junto a su esposo. Para quienes atendieron diariamente a mujeres deportadas, la ruptura del vínculo entre padres e hijos se convirtió en una de las consecuencias más delicadas del proceso migratorio.
Vitalina consideró que estas separaciones tuvieron repercusiones emocionales dentro de las familias y advirtió que la distancia entre padres e hijos dejó efectos difíciles de revertir, principalmente cuando los menores permanecieron en Estados Unidos y alguno de sus padres fue enviado a México.
Para Dina, el vínculo con sus hijos se mantuvo como su principal motivación. Recordó que durante años buscó inculcarles valores, mantener el español dentro de la familia y enseñarles a apoyar a otras personas, por lo que la distancia no modificó su intención de continuar acompañándolos desde Tijuana.
La llegada de madres deportadas sin sus hijos evidenció así una nueva dimensión de la separación familiar en la frontera, mientras albergues y organizaciones de atención a migrantes permanecieron pendientes de más casos y las familias afectadas buscaron alternativas legales y personales para intentar reconstruir los vínculos interrumpidos por la deportación.


















