Alberto Capella Ibarra advirtió que el Estado no podía exigir resultados a sus policías mientras no les garantizara protección, respaldo y condiciones mínimas para enfrentar la violencia. En su comentario editorial, señaló que el abandono institucional debilitó a las corporaciones y dejó expuestos a quienes diariamente asumieron los mayores riesgos en las calles.
El especialista en seguridad planteó que el problema no solo fue operativo, sino profundamente político y social. Señaló que muchos agentes trabajaron bajo presión, con recursos limitados y en contextos donde las instituciones les exigieron contener a la delincuencia sin ofrecerles el acompañamiento necesario cuando enfrentaron amenazas, agresiones o procesos legales.
Capella sostuvo que la autoridad falló cuando dejó solos a los elementos policiales y a sus familias. Desde su visión, no bastó con reconocerlos en discursos oficiales o ceremonias públicas, porque la verdadera protección debió reflejarse en mejores condiciones laborales, apoyo jurídico, capacitación, equipamiento y garantías para quienes arriesgaron la vida en el cumplimiento de su deber.
El exfuncionario también cuestionó que la sociedad exigiera policías profesionales sin reconocer la precariedad en la que muchos de ellos desempeñaron sus funciones. Señaló que la seguridad pública no pudo sostenerse únicamente sobre el sacrificio individual de los agentes, sino sobre una política seria que entendiera a la policía como una institución fundamental del Estado.
En su reflexión, Capella dejó claro que proteger a los policías también significó proteger a la ciudadanía. Advirtió que cuando el Estado abandonó a sus propios cuerpos de seguridad, el mensaje fue de debilidad frente al crimen y de desprotección para toda la comunidad.
El editorial cerró como un llamado a replantear la relación entre gobierno, sociedad y corporaciones policiales. La advertencia central fue que ningún país podía construir seguridad mientras quienes la defendieron siguieron trabajando sin respaldo real, sin garantías suficientes y con la sensación de que, ante el peligro, el Estado también los dejó solos.



















