Tras décadas viviendo en Estados Unidos, cientos de mujeres mexicanas están siendo deportadas y separadas de sus hijos. Entre ellas está Clarisa, una madre de 47 años que vivió 35 en el país vecino. Su historia refleja el dolor invisible de muchas familias que hoy buscan sobrevivir en Tijuana, una ciudad fronteriza que se ha convertido en punto de resistencia y esperanza.
En el Instituto Madre Asunta, Clarisa encontró un refugio que le salvó la vida. Este albergue acoge a mujeres que enfrentan procesos de deportación, violencia o migración forzada dentro del propio México. Ahí, reciben atención emocional, alojamiento y apoyo para reconstruir sus vidas.
De acuerdo con Madre Vitalina, directora del albergue, las mujeres que llegan provienen de tres realidades: quienes se auto deportan por miedo, quienes son repatriadas por autoridades, y quienes migran desde otras regiones del país huyendo de la violencia. En todos los casos, la historia se repite: madres separadas de sus hijos, con la esperanza de un reencuentro y una vida digna.
En medio de políticas migratorias restrictivas y procesos humanitarios que avanzan con lentitud, Tijuana se ha convertido en refugio y frontera emocional. Las mujeres migrantes esperan que un cambio en las políticas de Estados Unidos les permita volver a abrazar a sus familias, mientras buscan trabajo y una segunda oportunidad para empezar de nuevo.


















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