La discusión sobre el T-MEC volvió a exhibir una realidad incómoda para México: el país llegó debilitado a una etapa clave de su relación comercial con Estados Unidos y Canadá, mientras el gobierno federal intentó presentar como estabilidad lo que en realidad fue una señal de desgaste, incertidumbre y pérdida de margen político.
Durante su editorial, Adolfo Solís planteó que el problema no se limitó a una negociación comercial, sino a la falta de una estrategia clara para defender los intereses productivos del país. Desde su visión, México no pudo presumir fortaleza cuando sus socios comerciales marcaron la agenda, condicionaron el diálogo y dejaron al gobierno mexicano reaccionando tarde ante los cambios del entorno internacional.
El señalamiento central apuntó a que el T-MEC, lejos de consolidarse como una plataforma de crecimiento, entró en una zona de riesgo para México. La relación comercial que durante años fue presentada como una ventaja estratégica quedó atrapada entre presiones políticas, dudas regulatorias y decisiones internas que golpearon la confianza de inversionistas, empresarios y sectores productivos.
Solís sostuvo que la administración federal intentó suavizar el golpe con mensajes optimistas, pero no logró ocultar el deterioro de fondo. En ese contexto, la frase “México pierde y Sheinbaum solo pone perfume al muerto” resumió la crítica editorial hacia un gobierno que, en lugar de reconocer la gravedad del momento, buscó maquillar una situación que exigía respuestas firmes.
El análisis también apuntó a la falta de certidumbre como uno de los mayores daños para el país. Cuando un socio comercial dejó de ver a México como un territorio confiable para invertir, producir o exportar, el costo no se quedó en los discursos oficiales, sino que terminó impactando empleos, cadenas de suministro, empresas fronterizas y oportunidades de crecimiento.
Para Solís, el gobierno mexicano debió entender que el T-MEC no se defendió con declaraciones, sino con reglas claras, respeto institucional, seguridad jurídica y capacidad diplomática. Sin esos elementos, México quedó expuesto a una negociación desigual y a un escenario donde otros países tomaron ventaja mientras el país intentó justificar sus retrocesos.
El editorial cerró con una advertencia: la pérdida de terreno en el T-MEC no fue solo un problema comercial, sino una señal de cómo México enfrentó sus decisiones estratégicas más importantes. Si el gobierno continuó administrando la crisis con narrativa en lugar de resultados, el país no solo habría perdido una negociación, sino también una parte de su credibilidad frente al mundo.


















